Hace 2 años reflexioné sobre algunas cosas referentes a las elecciones, y como es natural, algunas conclusiones fueron cambiando con el tiempo, como la utilidad del voto electrónico. Perteneciendo a una generación “muchos botones” (es decir, crecí con aparatos que tenían algo más que el botón para encender y apagar y hasta con algunos capaces de interactuar conmigo) era lógico dejarse seducir rápidamente por la idea de introducir un voto en un aparato digital.

Ahora bien, esto supone un alto grado de dificultades, porque estos aparatos son básicamente inauditables. En el sistema actual, con los sobres, las urnas, etc. cualquier persona es capaz de mirar que la caja de cartón esté vacía, ponerle una precinto de papel y al finalizar el día abrirla y contar; el secretismo del voto es fácilmente resguardable y no hay que enseñarle casi nada a nadie. Ahora bien, con las máquinas electrónicas, un grupo muy selecto de personas y con un alto nivel de capacitación es capaz de realizar una auditoría. Esto quiere decir que es imposible controlar que las máquinas que se auditan arriben efectivamente en el mismo estado a cada rincón del país. Además, el secretismo del voto se confía únicamente a los auditores, resultando una realidad mucho menos tangible.

El voto-papel tiene muchas desventajas (aunque numerables) y sin embargo no se me ocurre una mejor solución en un país donde los auditores habilitan lugares como Cromagnon, etc. Aparentemente en Suiza la barrera de la desconfianza la superaron hace tiempo y hasta pueden votar por mensaje de texto, sin salir de sus casas.

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