Como ya había adelantado en el artículo anterior, la idea es explorar diferentes formas de piratería diferenciándolas por industria. Ya había sido el turno de la música y di mi opinión sobre ella. Ahora voy a explorar un poco el mundo editorial, de los libros. Esta es una industria radicalmente diferente a la de la música; todo el mundo escuchó hablar de Gutenberg, de la invención de la imprenta hace más de 500 años. El registro escrito es muy antiguo, mucho más que el registro sonoro. De hecho es lo que separa la historia de la prehistoria. Quizás sea por esto que tanto sus empresarios (las editoriales) como sus artistas (los escritores) poseen un grado de madurez y visión diferente.

Con el avenimiento de las computadoras personales, muchas de las palabras escritas empezaron a surgir de manera digital (este blog, por ejemplo) y además se comenzaron a digitalizar obras ya existentes. En particular con los libros, dado que el derecho de propiedad intelectual caduca luego de algunos años del fallecimiento del autor, se pueden encontrar copias LEGALES de centenas de libros en diferentes bibliotecas virtuales. De hecho Google está haciendo campañas masivas de digitalización de libros en algunas bibliotecas alrededor del mundo. La digitalización y publicación de esta información abre unas puertas enormes para sinfín de investigadores y curiosos. Libros que antes estaban en un sólo lugar (quizás el único ejemplar que perdura) ahora están en todos lados, en cualquier PC conectada a internet. Creo que no hace falta que me explaye más al respecto.

En cuanto al formato de lectura, los libros tuvieron hasta hace unos años una ventaja infinita con respecto a la música, por ejemplo, y es que las pantallas eran mucho más incómodas para leer que el papel. Leer desde una computadora cansa, irrita la vista, y ni que hablar de portabilidad. Sin embargo, la piratería de libros es antigua, desde que existe la fotocopia; ¿quién no habrá estudiado de un libro fotocopiado alguna vez? Todo esto comenzó a cambiar gracias a las tablets y la tinta electrónica; pero adivinen un dato curioso: las grandes editoriales ya estaban ahí, vendiendo copias digitales de sus obras. Hasta Amazon con su archifamoso Kindle permite descargar directamente libros a su lector (con altibajos, pero vamos, hay que ir aprendiendo). El hecho de que sea tan fácil comprar un libro digital por un lado mantiene a un grupo de consumidores activo, por el otro, mantiene fieles a los autores, que por ahora no buscan desligarse de los intermediarios.

Por un lado el proceso de digitalizar un libro es engorroso (lleva mucho más tiempo y esfuerzo que hacerlo con una canción), pero una vez hecho, compartirlo es igual de fácil que un MP3. ¿Entonces, por qué no vemos manifestaciones masivas de autores? Y aquí creo que la respuesta es más complicada. Por un lado porque las editoriales supieron atender la demanda creciente de libros digitales, creando sus tiendas y simplificando la compra (¿cuánto tiempo, desde la inveción del reproductor de MP3 llevó tener una tienda como iTunes?) Segundo, porque el libro en papel tiene algo de fetiche y mucha gente lo sigue prefiriendo por sobre un lector digital (como es mi caso). Además de que ante la posibilidad de tener bibliotecas familiares, leer de un libro con algún tipo de historia es impagable (o conseguir una primera edición, autógrafo, etc.). Tercero, no son tantos los autores que realmente viven de la publicación de libros ya que sus ingresos son marginales (muchos tienen otros trabajos, como periodistas, profesores, psicólogos, etc.) Muchos libros de texto que se usan en la universidad fueron escritos usando tiempo y fondos de la propia universidad (el profesor que publica el texto, tiene su sueldo y muy probablemente no usó exclusivamente su tiempo libre para escribir). ¿Es justo que el profesor (o una editorial intermediaria) lucre con la venta de ese material[1]? Tengo, además, esta sensación de que el negocio editorial no es tan lucrativo como el de la música.

Otra cosa que me llama la atención de los escritores es que cada vez es más común encontrar gente que publica bajo una licencia Creative Commons o que simplemente los liberan. Escritores como Paulo Coelho, o Hernán Casciari, por ejemplo. Hay un mundo de distancia entre ellos (moral, etario, etc.) pero sin embargo deciden abrir sus obras. En cambio, encontrar una canción libre, para que los demás puedan crear sobre ella, compartirla, mejorarla, etc. es (casi) imposible, y agrego el casi para dejar lugar a la duda, porque yo jamás lo hice. Y encima los escritores están en esta desventaja infinita que es la ausencia de un evento como un recital que no pueda ser digitalizable y compartible. Como comentaba al principio, creo que el hecho de que la palabra impresa tenga una tradición centenaria hace que tanto editoriales como autores tengan una actitud más madura sobre sus propias obras.

Entonces, ¿está todo bien con los libros? Yo creo que sin dudas está mucho mejor que con la música o las películas. Y todavía hay un camino para andar que creo se va a ir dando naturalmente. El mundo consume muchos menos libros que canciones o películas y eso hace que todavía sea un negocio controlable. Además de que hay un acervo enorme de obras sin derechos de autor que poco a poco se va haciendo accesible globalmente. Creo que el siguiente paso es la abolición de los intermediarios. Hubo editoriales que fueron fundamentales para la propagación de ideas o el conocimiento de autores; hoy en día ya no son necesarias, cualquiera puede colgar sus palabras en internet, inclusive en regímenes censuradores. Y este es el paso que se va a ir dando lentamente: eliminación de intermediarios. Hay proyectos como el de Orsai, en el que se muestra que aún abriendo el contenido y eliminando a los intermediarios (no hay una editorial más que la propia) se puede tener una publicación que resulte redituable (cada uno de los autores gana dinero).

[1]: Este es un debate interesante, sobre todo para los que somos/fuimos alumnos de una universidad pública como puede ser la Univ. de Buenos Aires, donde varios de sus profesores publican libros de texto de lectura obligatoria, se ofenden si alguno de sus estudiantes está con una fotocopia (al punto, en algunos casos, de obligarlos a abandonar la cursada).

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