Cuando pienso en piratería, sin dudas me surge algún tipo de doble moral. Por un lado me encanta descargar cosas cuando y dónde quiero (música, series, películas, libros) sin pagarlas y por el otro me pregunto si realmente estaría dispuesto a dejar que los demás descargaran mis cosas libremente. Aquellos que visiten mi galería en Flickr, por ejemplo, podrán ver que mis fotos las publico bajo una licencia Creative Commons, es decir que cualquiera las puede usar siempre y cuando no sea con fines comerciales y se me mencione.

Pero son fotos; en el fondo se que no es un trabajo al que le haya dedicado una vida y tampoco es algo de lo que intente vivir; la licencia CC es sólo una excusa para ganar un poco más de publicidad (por ejemplo, si un blog quisiera usar una foto, puede hacerlo y tendría que poner un link, así que más visitantes la verían, etc.) Entonces me pregunto, si yo bajo cosas sin pagar un centavo, ¿cómo espero que se sigan produciendo?

Por esto creo que cada industria se debe tratar por separado (no es la industria “del entretenimiento”, sino la de la música, la de la televisión, etc. cada una por su cuenta). Para evitar que queden artículos kilométricos, voy a separarlo en diferentes entregas, a medida que las vaya escribiendo. Hoy es el turno de la música.

Los músicos de primera línea, es decir aquellos en los que se invierten millones de dólares en publicidad, son los caballitos de batalla de los grandes sellos musicales. ¿Pero qué es un sello musical? Es sólo un intermediario, es aquel que se encarga de distribuir lo que el músico hace, quedándose con la amplísima mayoría de las ganancias. ¿Qué rol tiene internet en ese caso? En principio elimina al intermediario: cualquier banda puede poner a disposición del público su obra, sin que nadie le diga cómo ni le cobre por hacerlo (o no tanto por lo menos). Además de que se pone a disposición en mercados virtualmente inexistentes, es decir aquellos con pocas personas o con poderes adquisitivos muy bajos.

En este contexto, es obvio que haya una inercia infinita por parte de los sellos; están perdiendo la máquina de hacer churros. Pero en lo que nadie piensa es en los músicos. Los grandes, millonarios, que viven una vida de drogas y desorden son realmente una minoría; como sucede con los futbolistas. Todos aquellos músicos insipientes se encuentran ahorcados por las discográficas (imaginen que hace más dinero un músico que vende sus discos en la calle que uno que logró ser captado por una discográfica). Y todavía no llegué a la parte del dinero realmente. Un músico tiene la ventaja de que puede hacer un show (no creo que nadie ose comparar la experiencia de ver una banda en vivo con la de escucharla en los parlantes de una PC o en unos auriculares en el colectivo.)

Entonces, por un lado el músico todavía tiene una forma de entretenimiento que no se puede digitalizar ni se puede compartir (ahora falta que me acusen, por contar con mucho detalle cómo es un recital, de que las ganancias están bajando). Por el otro lado, el músico ahora tiene un acceso directo a su público: ya sea con redes sociales o analizando de dónde proviene la mayor cantidad de reproducciones. Puede poner a disposición de la gente su obra, sin intermediarios.

Desde hace unos años existe un servicio llamado Grooveshark en el que se puede hacer streaming de la música que nos gusta. Podemos armarnos listas, descubrir nuevos artistas. Tiene tanto una versión gratuita como una paga. El sitio garantiza que una parte de su ganancia se destina a los artistas (¡no a las discográficas!) y que es proporcional a la cantidad de reproducciones de sus temas. Aparentemente Megaupload (que está en boca de todos en este tiempo) estaba por lanzar un servicio similar, una competencia directa a iTunes, y ya tenía el acuerdo con algunos artistas (TechCrunch). Completamente gratuito y pagándole a los músicos en forma directa. Los conspiranoicos se preguntan si fue una casualidad el timing del FBI o si hubo una relación causal.

Lo cierto es que son los mismos artistas que se dan cuenta de que el modelo de negocio es obsoleto y hay que cambiarlo. Obviamente los primeros momentos de turbulencia pueden generar algún problema pero eventualmente todo se acomodará. Supongo que cuando los músicos comenzaron a poder dejar registrada su música en un formato físico también todo se revolucionó un poco: ya no hacía falta que tocaran en vivo, podían vender su arte a miles de kilómetros de donde se encontraban. Lo que está sucediendo ahora es similar, pero más rápido y masivo.

Creo que el error más grave que está cometiendo la “industria” es ir en contra de este movimiento. En vez de actualizarse y generar un negocio que le podría resultar súper rentable, se aferran al pasado e intentan detener el movimiento. Me pregunto realmente cuánto gana un músico por cada CD que vende con respecto a cuánto se queda su sello. También es cierto que al masificar el acceso, también se debería homogeneizar la distribución de la ganancia. ¿Cómo puede ser que un puñado de músicos acumulen la mayor parte de la riqueza que su arte genera? Es fácil, si a parte de que nos bombardean con publicidad, los únicos artistas que podemos consumir son los que las discográficas imponen… Pero ahora, una banda de Nepal que se vuelva viral en un par de blogs y twitter podría simplemente desbancar a cualquier artista mainstream.

Las discográficas ya perdieron su turno de actualizarse. Me parece que si los músicos llegan a vislumbrar el potencial que hay actualmente en internet, sumado a iniciativas donde se les reconozca su trabajo, como podría haber sido el caso de Megabox el cambio sería inmediato. Mientras tanto será cuestión de seguir haciendo las cosas como siempre; sin confiar tanto en servidores de descarga directa y más en el P2P.

A %d blogueros les gusta esto: