Justo hoy cumplo dos años como usuario de un smartphone. En mi caso (y sin muchas sorpresas) opté por un Android. Había usado un iPod touch por algunos meses, pero la verdadera experiencia vino con el teléfono. Me costó un rato salir de la fascinación; tener mapas en el bolsillo en un país extraño fue una bendición. Poder ver direcciones, horarios de trenes, conexiones. Ni que hablar de la posibilidad de estar comunicado con la familia y amigos del otro lado del Mundo. Sin embargo con el tiempo hubo cosas que me empezaron a llamar la atención y a fastidiar, por ejemplo la tiranía de las app stores. La imposibilidad de hacer lo que uno quiera con el teléfono, sólo lo que el fabricante quiere que hagas. Y lamentablemente las tablets no son más que un teléfono gigante.

AppsEverywhere

Hace algunos años había comprado una netbook. Uno de esos inventos que lamentablemente no prosperaron; se trataba de una laptop muy barata, con pocas prestaciones, que permitía llevarla de un lado a otro sin temer por un robo o una rotura. La mía era una Acer, pero la más popular seguramente fue la eeePC de Asus. En ella se podía cambiar de sistema operativo, yo había optado por Lubuntu, se podía correr el programa que se quisiera, navegar por internet, etc. Recuerdo haber escrito toda mi tesis de licenciatura en ella, usando Kile. Llegué hasta a correr Matlab… ¡Buenos tiempos aquellos!

Mi teléfono actual tiene más memoria, un mejor procesador, es más liviano y la batería le dura más. Sin embargo no puedo hacer nada con él. Todo lo que antes eran páginas web, ahora se transformaron en aplicaciones: ya no se entra a maps.google.com, sino que se tiene una app específica para eso, lo mismo para leer el diario, ver un video o cualquier otra cosa. Antes había aplicaciones que vivían dentro de Facebook, ahora son aplicaciones en sí mismas (como tantos juegos).

En su momento con los primeros smartphones alabé que finalmente algo tan útil como los repositorios con los que se manejan las distribuciones de Linux (aunque con un nombre más fashionista como app store) llegaran masivamente a los usuarios. Pero hay diferencias cruciales entre unos y otros: ¿Intentaron entrar al Play Store sin una conexión a internet? Así es, sin una conexión a internet, uno no puede entrar a ver qué apps tiene instaladas desde el repositorio. ¿Intentaron instalar una app que no está disponible en su país? Y esa definición de “país” es la que Google o Apple entienden como tal.

Ahora la cosa se pone más interesante aún con las tablets. Esas pequeñas computadoras ultra-portátiles, ligeras (y para nada económicas) en general tienen aún mejor rendimiento que mi pobre netbook de 2009. Pero estamos otra vez atrapados en sistemas operativos de teléfono. Intenten hacer correr Matlab en una tablet. O algo que es aún más ridículo, intenten desarrollar una app para su propia tablet desde… bueno, la tablet! O intenten ordenar las fotos que sacaron con su cámara en un iPad…

dumb_tablet

Con un teléfono se puede llegar a entender que los desarrolladores limitan algunas de las posibilidades en función de la usabilidad. Al fin y al cabo, lo que principalmente queremos es hacer llamadas y mandar mensajes (ya sea un simple SMS, un e-mail o un mensaje en Facebook). Pero las tablets, ¿para quiénes están orientadas? Si sólo pensamos leer el diario y ver los e-mails, la capacidad de procesamiento sobra (¡y el precio!) Pero apenas se quiera hacer algo un poco más de alto nivel, y sin decir demasiado, sólo escribir un artículo en Latex se convierte en un problema (hasta posiblemente exista una app para solucionarlo…)

Con los teléfonos y las tablets, los fabricantes lograron hacer algo que por mucho tiempo añoraron: tratar a sus usuarios como tontos. Nadie puede salirse de la caja, todos deben hacer con sus dispositivos exactamente lo que algún programador pensó que era la única forma de hacerlo. El caso de ordenar fotos en un iPad para ponerlas en Dropbox, por ejemplo, me resultó imposible; seguramente el mítico Steve no pensó que alguien podría querer cortar y pegar fotos en su iPad entonces simplemente no se puede.

Y lo que más me enerva de todo el asunto es que además no hay alternativas. Cambiarle el sistema operativo a una tablet parece casi imposible (no logré encontrar buenos resultados para ninguna en el mercado). Las netbooks ya no existen, se transformaron en ultra-books que son el tope de gama para la mayoría de las marcas. La única alternativa que me queda por explorar es una tablet con Windows 8. Lamento decirlo, pero parece que en este caso son los únicos que hicieron un buen trabajo (hablando desde la ignorancia, sólo desde las experiencias de otros).

Por lo pronto sigo esperando alguna solución decente. Que me permita trabajar desde el tren sin tener que cargar mucho peso, desde casa sin tener que lidiar con teclados incómodos, y desde el trabajo, pudiendo acceder fácilmente a SSH, corriendo scripts de Python o lo que sea que me den ganas de hacer. Las tablets no son una invención reciente, así que nada me evita pensar que no puedan tener un futuro promisorio, sin hacernos pasar por tontos todo el tiempo.

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