Algún día escribí que lo bueno de las despedidas es que después hay un encuentro. Claramente eso lo pensé mientras esperaba que hubiera reencuentros, todavía era optimista y casi no había cruzado por mi cabeza (cuál habría sido el sentido) que existiera un tipo de despedida que fuera para siempre. Ya en este momento las promesas de reencuentros y viajes parecen vanas y tan lejanas que carecen de sentido.

Por algún motivo que no puedo explicar, quizás alguna parte subconsciente mía, mi vida estuvo rodeada de despedidas. Pensé que en algún momento podría acostumbrarme a ellas, curtirme, pero es imposible. Cada despedida es diferente; la cantidad de sentimientos, recuerdos, pensamientos, involucrados es tan grande que la hace única, triste y dolorosa. Lo que nos venden de las comunicaciones, el messenger, la videoconferencia… Nada puede eliminar la distancia de dos personas que se quieren abrazar pero están lejos.

Siempre mantengo la creencia de que las vidas de dos personas que se cruzan una vez están destinadas a cruzarse varias veces; no me refiero simplemente a la gente que se conoce, sino a aquellos individuos que alteran el rumbo de nuestra existencia. Una vez leí un escrito de una chica (antes de que inventaran los blogs) en la que comparaba la vida de una persona con las rectas que generan planos que se cruzan. Yo lo veo más como una linea completamente irregular y que va cambiando de dirección cada vez que se encuentra con otra. Como si fuera el movimiento de varios imanes a los que se los deja libres, que van chocando y repeliéndose.

A veces el cruce de esas lineas puede ser tan fuerte que permanecerán juntas, o que el cambio de dirección sea tan notorio que en cualquier momento del futuro se pueda notar un cambio de rumbo en un punto específico del pasado. Y mi vida ahora está claramente tomando ese camino. Mi vida tuvo un cambio radical durante los meses que pasé en Brasil y a todo eso se le suma el hecho de haber conocido a personas espectaculares, como si no fueran de este mundo.

En este momento siento un gran vacío, el momento justo después de una despedida, como tantas otras que fueron, como tantas otras que serán, pero que duele como pocas.

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