En los últimos días empecé a probar despertarme con la luz solar; el horario me da perfecto con mis tiempos, un par de minutos antes de que el despertador suene ya estoy con los ojos abiertos y de mucho mejor humor que si lo hubiera hecho con ese sonido estridente. Pero el jueves sucedió algo extraño: una trompeta.

A veces me pasa en este edificio que escucho ruidos y es difícil saber si vienen de la calle o de algún vecino. La trompeta me resultaba particularmente molesta porque si era de alguien del edificio quería decir o que me había quedado dormido o que un desubicado estaba practicando a las seis y media de la mañana. Cuando verifico que no me había quedado dormido, arranco mi día normalmente.

Como la música no cesaba, decido salir al balcón, taza en mano y veo que varias personas, en la misma situación que yo, miraban hacia la puerta de mi edificio. Cuando finalmente la trompeta se silencia llego a ver cuatro mariachis que pasan caminando por la vereda (asumo hacia su auto), el último con una trompeta en mano. Supongo que por la acústica de los edificios y el timbre de este instrumento, era el único que conseguía distinguir (ni voz, ni guitarrón, etc.)

Haber estado en la tierra tapatía hace tan poco tiempo sin dudas influyó en que mi mente se fuera hacia el hemisferio norte inmediatamente. Así que empecé el penúltimo día de la semana pensando en mis últimas vacaciones (no decidí si es bueno o malo, pero sin dudas fue diferente a todos los demás). Pero una vez que pasó esa primera impresión, me pregunté quién es el que regala un show de mariachis a las 6.30 de la mañana. Prefiero quedarme con la duda, por ahora.

Pero la pregunta que me da vueltas por la cabeza es si un regalo de ese estilo está plagado de romanticismo o de una cursilería infinita. 4 Mariachis pueden costar $500; el equivalente a por lo menos dos cenas para dos personas (cenas caras, asumiendo que se trataba de una celebración especial y demás). El equivalente a un fin de semana en Córdoba o Colonia. Sin dudas tendría que ser algo muy significativo para quien lo recibe, de cualquier otra manera no se justificaría.

Quizás este regalo haya sido uno de los más románticos posibles. Una forma de decir que se entiende a la otra persona y se puede tomar un gesto de tamaña magnitud. Por el otro, puede ser una cursilería imbécil, digna de una película medio pelo de Hollywood. Me pregunto qué habrán pensado los demás vecinos; me pregunto si un regalo de ese estilo está destinado sólo a la persona que lo recibe o a todos los demás, que también piensan por qué nunca me regalaron mariachis…

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