En la época de vacaciones, la mayor parte de las personas se pregunta qué tan rutinaria es su vida, principalmente porque tienen un período en el que casi nada fue planificado, en el que se vive realmente el día a día y por ende tienen la posibilidad de compararlo con el resto del año en el que tienen que despertarse todos los días a la misma hora, para realizar las mismas tareas en el mismo lugar y con la misma gente.

El tema es que muchos opinan que es mejor no llevar una vida rutinaria, porque ésta no aburre y permite disfrutar cada momento. Depende principalmente de la actividad que cada uno desarrolle, no de qué tan rutinario sea sino de con cuánto placer uno realice sus tareas. Cuánta gente estará contenta con su trabajo, al nivel de fascinación, que su trabajo sea realmente lo que desearon desde pequeños, es difícil de evaluar y por ahora las respuestas parecerían ser siempre negativas. Quizás sea una imposibilidad inherente al ser humano que su trabajo no sea el más deseable posible.

Sin embargo hay algo que todo el mundo debe reconocer y es que dos días nunca son iguales. Hay un cuento de Borges llamado “Funes el Memorioso” en el que su protagonista es incapaz de reconocer a la misma persona en dos instantes diferentes, porque esta cambió de un momento a otro. Y la vida es así, es un fluir de pequeñas varaciones que podrían alegrarnos el día simplemente si les prestáramos atención.

Alguna vez intentaron hablar con alguien en el colectivo, o en el subte? Es una acción completamente intrascendente, que sólo dura unos minutos (los que dure el viaje) pero tanto a uno, como a la otra persona, les cambiará el día. Es como hablar con un (o una) desconocido en una fiesta, en un boliche o en un bar, es una decisión que aunque no cambiare la vida sin dudas hará de ese día un día completamente diferente de los demás.

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