Y pensar que quizás tu primera declaración de amor fue en Italiano.”

Esa simple afirmación me despertó una gran serie de reflexiones. La persona que me lo dijo había compartido conmigo un viaje hace unos años, en 2004; sin dudas fue una experiencia que nos cambió mucho a todos los que participamos, de alguna u otra forma: nos abrió la cabeza, conocimos nuevos amigos, nos enamoramos y nos desenamoramos; nos incentivó a estudiar portugués, a seguir viajando, a no dejar de buscar oportunidades.

Sin embargo fue una ventana de 1 mes en nuestras vidas que sólo compartimos con gente hasta el momento desconocida; nada sabían de nosotros y nuestros amigos casi nada supieron sobre lo que pasó en ese tiempo. Esa declaración de amor en Italiano existió, es verdad, lo que mi amiga no podía saber es que no era la primera que hacía (ni será la última); básicamente siento que ese mes de mi vida pertenece al grupo de personas que compartió el viaje conmigo, otros 49 sudamericanos. No creo poder compartir un “Sinishhhtro” o “I puffi” con otras personas que no sean ellos, por más que me esfuerce en explicarlo.

Un poco más adelante, el año pasado, estuve unos 6 meses de intercambio en Brasil; la sensación es exactamente la misma, sólo que por más tiempo y quizás con sentimientos más profundos. Hay cosas que sólo entiende la gente con la que compartí ese tiempo y es por eso que resulta tan agradable volver a verlos; desde un “abrazo colectivo” hasta seminarios, moradia, o los apodos que surgieron en ese tiempo; fotos que es mejor no mostrar, historias que es mejor no contar.

Pero también hay viajes que hice solo, sin compañía fija más que por un par de días. Conocí a muchas personas de las que sólo conservo una foto o un recuerdo en mi memoria. Algunas probablemente no las cruce nunca más en mi vida, a otras sorprendentemente (y por motivos del azar) seguramente lo haré y en las situaciones más extrañas. El recuerdo, en ese caso, me pertenece casi exclusivamente; no puedo identificar a un grupo de personas con los que se hayan establecido códigos en común o anécdotas.

Lo curioso del asunto es que la gente con la que compartí las experiencias no es la misma gente con la que comparto mi día a día desde hace años. Y es por esto que me vino a la mente la idea de una vida fragmentaria. Partes de mi pasado están diseminados por el Mundo (no sólo por haber viajado, sino por haberlo compartido con personas que ahora están en otros lugares) y no tienen contacto entre sí (ni tampoco tienen contacto conmigo) por lo que siento que mi vida son fragmentos que le pertenecen a determinadas personas, los elegidos por el azar para cruzarse en mi camino.

Sin dudas la mayor parte corresponde a aquellos con los que comparto la cotidianeidad en Buenos Aires, mis amigos, mi familia, mis nuevos amigos; pero son los recuerdos que revivo cuando me reencuentro con alguien del pasado los que realmente atesoro. Es una sensación extraña y reconfortante, especialmente cuando alguien de uno de esos fragmentos entra decididamente a formar parte del día a día.

Estoy haciendo una colección de mapas de mis viajes; quizás pueda ir incluyendo una lista de las personas que encontré y no sólo de lo que visité.

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