En uno de esos devenires de mi mente pensé en cuál sería la mejor forma de mantener una sociedad secreta escondida de todos los que no fueran parte. Entonces se me ocurrió que lo más efectivo sería que no tuviera nombre, que nadie pudiera asignarle ni sustantivo ni adjetivo pero rápidamente surgió el inconveniente de que sería la sociedad secreta sin nombre. Es decir que haría falta por lo menos otra que no tuviera nombre para que se volviera indistinguible, pero de todas formas una sería la primera y la otra sería la segunda y seguiría no teniendo sentido.

En un momento se me dio por discutir estas mismas ideas con alguien más pero tuve que esconder la posibilidad que se tratara de una sociedad secreta (todavía soy joven y pensé que en un futuro podría ser yo el fundador de una) así que opté por dar el mismo ejemplo con calles de una ciudad. Imaginé que podría vivir en una calle que no tuviera nombre, cayendo nuevamente al inconveniente de que sería la sin nombre. A la idea le agregué una calle más, pero seguro que una era perpendicular a tal avenida y la otra no, y se arruinaría el plan de tener calles inidentificables. Dado que se trataba de un mero ejercicio mental, propuse que ninguna de las calles tuviera nombre y dejé la duda pendiente de cómo sería vivir en un lugar con esas características.

Hace unos días, por otro de esos devenires de la vida (ya no sólo de mi mente) encuentro a un amigo que vive en un pueblo en una isla cuyo nombre no recuerdo firmemente (o que prefiero no divulgar, ya se entenderá el por qué.) Le pedí que me pasara su dirección, así si algún día quería ir a visitarlo lo podía hacer de sorpresa, sin tener que avisarle de antemano. Para mi asombro me dice que la calle donde vive no tiene nombre; pensé que no era un problema, ya que seguramente se trataba de la calle sin nombre, pero prosigue explicándome que no, que ninguna calle tiene nombre. Así que me vino como anillo al dedo, ya que cumplía con todo lo que necesitaba de hipótesis. Pensé que sería un buen lugar para mantenerlo en secreto; de otra forma sería la ciudad con calles sin nombre.

No tardé en interrogarlo y me dijo que la gente simplemente da referencias, por ejemplo que vive en la calle de la casa amarilla de dos plantas. Quizás no se trate de la única casa amarilla del pueblo, pero sin dudas se tratará de la única amarilla que tiene de un lado una casa verde loro y del otro un cementerio, por ejemplo, claro. Después se cuentan (le concedí la duda sobre si se numeraban o no) cuántas casas hay hasta el destino y se llega. Es fácil perderse, no lo dudo, pero no es imposible llegar. Pensé que todo colapsaría si las casas fueran iguales, pero podríamos reconocerlas por el nombre de los dueños, y si la gente se llamara igual, por sus características físicas.

En fin, me fui desilusionando esa noche porque descubrí que si algún día quiero ir a visitar a mi amigo en una ciudad con calles sin nombre, voy a poder ubicarlo. Pero hubo un detalle que me dio bastantes esperanzas; no importa cuán frágil sea, cualquier detalle nos va a servir como punto de referencia. Puede ser una palmera a la que le sobra una hoja en medio del desierto, una casa amarilla con un perro que no ladra, o puede ser una persona en el medio de una vida que no da tregua. Siempre vamos a encontrar un punto de referencia que nos permita saber hacia dónde caminar.

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