La Paz

(Sigue de De Uyuni a La Paz)

Terminal de La PazLlegamos a La Paz temprano. Desde el micro se podía ver que era una ciudad grande, completamente diferente a las ciudades que veníamos encontrando en lo que iba del viaje. La Terminal no es un lugar demasiado agradable, como la mayoría de las terminales, nos asomamos a la ciudad y entendimos que no sería tan sencillo. Preguntamos en informaciones turísticas dónde quedaba la zona de hostels, pero no saben decirnos. Nos recomiendan algún lugar cerca de la Terminal, pero era mucho más caro de lo que veníamos pagando en Bolivia. Otra vez en la Terminal vamos a Internet a ver dónde quedan los hostels (si hay más de uno en la misma manzana hacia allí nos dirigiríamos.)

Plaza MurilloVemos que cerca de la Catedral, en la plaza Murillo es donde se concentran los hostels (o como les dicen: hosterías.) El pasaje en taxi hasta allí no es demasiado caro. El miedo era grande, ya que todo el mundo siempre dice que hay que tener cuidado de los taxis que no son taxis registrados y roban, de la policía que en realidad es gente disfrazada y roba. Todo lo que inculcan sobre La Paz es miedo.

Fuimos al Hotel Torino (aunque es de HI, así que no se por qué no lo llamaron Hostel.) El precio nos pareció razonable, o por lo menos acorde a lo que nos ofrecían. La habitación para tres era increíblemente grande. Si hubieran puesto cuchetas, ahí dentro cabrían unas 10 personas. El baño era compartido, pero eso era lo de menos; lo primero que hicimos fue ducharnos, hacía mucho desde que no habíamos tenido acceso a un baño.

Salimos a recorrer la ciudad. El primer impacto fueron los chicos con pasamontañas en la calle. Es imposible no asustarse, ya que parecen más agentes de las FARCS que lustrabotas. Luego de charlar con algunos de ellos, comprendimos que son simplemente eso: lustrabotas. El hecho de no ser morocho es siempre una desventaja, ya que asumen que vengo con Euros o Dólares; explicar que vengo de un país sudamericano no es siempre fácil. El pasamontañas lo usan para proteger su piel del sol (en verano, cerca del ecuador, y a 4.000 metros de altura el Sol es capaz de hacer cosas que yo no habría jamás imaginado.)

Visitamos la Iglesia de San Francisco y la Catedral; siempre moviéndonos a pie. Hay que acostumbrarse a las calles empinadas y con poco oxígeno. Toda la ciudad parece una gran feria. Se vende desde papel higiénico hasta leche en la calle. Nada tiene precio, siempre hay que negociar, especialmente cuando notan que uno es extranjero. Es sorprendente que no tengan heladeras. El único lácteo que nos atrevemos a consumir es una leche chocolatada que dice “no necesita refrigeración”. Las leches las tienen en cajones, al sol, encima de algunos hielos que se derriten lentamente. Es difícil imaginar qué pasará con los sayetes durante la noche, cuando nadie repone el hielo.

Me llamó mucho la atención que dentro de las Iglesias hubiera carteles que dijeran “prohibido orinar.” Es una ciudad muy diferente a lo que un argentino puede estar acostumbrado. Es un choque cultural muy grande. Los colectivos urbanos son de los años 40 más o menos. Algunos son combis que pasan por todos lados, gritando su destino y el precio. Hasta intentan convencerte de que te subas a una.

En la Terminal de micros, comprando los pasajes hacia nuestro próximo destino, nos dicen que vale mucho la pena ir al cementerio. La falta de información me hizo pensar que el cementerio era un lugar turístico (como puede ser la Recoleta en Buenos Aires.) Luego de almorzar nos tomamos un taxi con Flor hacia el cementerio. El taxista se mostró bastante sorprendido cuando le preguntamos por ese destino y le comentamos que parecía un lugar lindo e interesante. Ahí nos dice que en La Paz hay más de un cementerio, que él iba a llevarnos hacia el más lindo de todos.

Cuando llegamos descubrimos que era un cementerio privado, bastante chico, moderno, con nada especial. Más adelante descubriría que lo interesante de ir al cementerio (al otro, “el feo”) es que se consiguen pasajes más baratos que en la Terminal hacia cualquier destino. Dado que era temprano, nos tomamos una de las combis para llegar hacia el Valle de La Luna.

Aymará tocando el sicus en el Valle de la LunaEl Valle de la Luna paceño es una formación de piedra caliza que se fue erosionando con la lluvia, dando lugar a un gran parque de diversas torres, cuevas y puentes naturales. Hay unas pasarelas que permiten recorrerlo casi en su totalidad. Parece que este sitio era considerado sagrado por los antiguos habitantes nativos de la zona. Cerca de la puesta del sol, uno de los descendientes de aymarás que habita en el parque comenzó a tocar el sicus y cantar. No pedía propina ni nada, ya que se encontraba encima de uno de los montículos, en uno de los lugares prohibidos para los turistas. Siempre queda la duda de si es un arreglo para que los turistas conozcan la “cultura” local, pero verdaderamente no daba esa sensación.

El valle de la Luna:

El valle de la Luna

Volvimos al Hostel a encontrarnos con Nico, de nuevo en los colectivos urbanos, en los cuales no entraba parado, ya que son demasiado bajos. Viajar casi 1 hora hasta el centro en el pasillo, con la cabeza encorvada porque de otra forma no entraba no fue placentero, pero es una de las cosas que hay que experimentar cuando se descubre otra ciudad, otro país, otra cultura.

Vista de La Paz

La primera impresión de la ciudad fue bastante negativa, por lo que decidimos seguir hacia Copacabana, a orillas del lago Titicaca. Un día en La Paz sería más que suficiente, por lo menos por ahora.

(Sigue en Copacabana)

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